lunes, 31 de agosto de 2009

LAS PALABRAS SE LAS LLEVA EL VIENTO, de Megagrupo de relatos, podeís leerlo aquí también

Otra colaboración mía en Megagrupo de relatos. Con esta van cinco, por lo que ya aparezco en la lista de colaboradores con más participaciones. Podéis leer todos los relatos en los que he participado hasta la fecha pinchando aquí.


Estos relatos están bajo una licencia de Creative Commons. Creative Commons License

[Juan Benito]
Tras arduas peripecias entre las grutas de aquella cara de la montaña, nuestros tres intrépidos escaladores coronaron la cima de la misma.
No era muy alta, pero si lo suficiente como sentirse orgullosos de la hazaña y que esta pasara a ser lo más grande que habían hecho en sus vidas.

Comenzaron el montaje de un estudiado vivac clavando una piqueta aquí y una allá. Inflaron sus pulmones henchidos de orgullo gozando el momento cuando oyeron en la soledad de aquella cima pronunciar sus nombres con total claridad.

El corazón se les encogió y por un instante les dejó de bombear regularmente su fluido vital.

Se miraron entre asombro y miedo, aunque más que miedo llegó a ser terror… pero al instante siguiente explotaron a reír fuertemente, no podía ser que hubieran escuchado lo que creyeron escuchar… palmearon los hombros de quien tenían a su alrededor y sin decir una sola palabra volvieron a sus quehaceres, la noche se cernía sobre ellos y la temperatura comenzó a bajar peligrosamente.

Un hornillo calentó unas latas que comenzaron a comer mientras se regocijaban comentando las anécdotas de la subida, hasta que Juan, el más joven de los tres dejó su cuchara sobre su plato dejando un metálico sonido en el aire… Miró a sus compañeros y frunció su entrecejo…

- Amigos –dijo con voz temblorosa- ¿cómo es posible que los tres hayamos tenido la misma percepción o alucinación?

Sus miradas se entrecruzaron mientras otro de ellos en voz baja comentaba que era simplemente imposible. El tercero comentó algo acerca de la histeria colectiva, pero no tuve repercusión dicho comentario.

La oscuridad de la noche envolvió unos rostros que comenzaron a reflejar verdadero terror. Acabaron sus latas en silencio esperando cada uno que alguno de sus compañeros tuviera algo genial que decir.
[JAVIER]
Finalmente, el sueño les fue venciendo. Uno a uno fueron presas de Morfeo, a pesar del nerviosismo y el terror que les había infundido su última charla. Sólo Juan permaneció un rato más que sus compañeros despierto. Aún así, acabó por caer dormido también; pero, mientras iba cayendo en la inconsciencia liberadora de la somnolencia, su mente llegó a registrar, entre los vapores del sueño, su nombre repetido una y otra vez. Pero Juan ya dormía, aunque en su subconsciente se había quedado grabado ese eco que repetía su nombre como si alguien, a su lado, estuviese susurrándolo...

Llegó la mañana, y los tres compañeros comenzaron a despertar de un sueño inquieto, velado por extraños sueños que no les habían dejado descansar casi nada. Sus ánimos se encontraban casi como la mañana: gris, nublado, amenazando una tormenta que, al parecer, se les echaría encima en no más de un par de horas.
Ante tal situación, decidieron que el mejor curso de acción sería bajar hasta la última gruta por la que habían pasado, que se encontraba a unos cientos de metros de la cima. Comenzaron a desmontar el vivac y a recoger todos los enseres que habían desempaquetado la noche anterior cuando, al ir a lavar sus cazos con la nieve acumulada en la trasera del vivac, encontraron horrorizados sus nombres escritos en la nieve. Hacía horas que no había nevado, por lo que no podían saber cuando habían sido escritos, pero el evidente terror de saber que alguien- o algo- había estado junto a su refugio, a escasos metros de ellos, bastó para paralizarlos y hacer que sus semblantes se tornaran del color del paisaje que les rodeaba. Entonces, para aumentar aún más si cabe el pánico que les envolvía, volvieron a escuchar sus nombres, más clara y cercanamente que el día anterior.


Empezó a nevar.
[Jose Andreu Benavent]
Juan, preso del pánico, comenzó a gritar a sus compañeros.

-Tenemos que salir de aquí cuanto antes, esto no me gusta nada.

-Tranquilízate, quieres Juan.

Le contesto Mateo, era el mas experimentado de los tres, siempre había escalado, desde niño solía acompañar a su padre en sus expediciones.

-Escuchad, es probable que alguno de esos idiotas del pueblo de ahí abajo se dedique a asustar a los forasteros, no seria la primera vez.

-No, no creo, que nadie en su sano juicio se arriesgue a subir hasta aquí solo para divertirse asustando al personal.
Dijo francoise, el era el mas fuerte de los tres, y no tenia miedo como Juan, pero tampoco estaba dispuesto a quedarse para comprobar que eran aquellas misteriosas voces.

-Tu lo has dicho Frank, nadie en su sano juicio, desde luego debe ser algún chiflado. -Repuso Mateo.
-Yo no aguanto ni un minuto más aquí.
Dijo Juan comenzando a descender apresuradamente con su mochila a la espalda. Sus compañeros recogieron el material lo más rápido que pudieron.

Mateo grito -Juan, espéranos, es demasiado peligroso para ti solo; Pero Juan había desaparecido de su vista.
Los dos amigos comenzaron a descender. Transcurridos unos quince minutos volvieron a escuchar las voces, pero esta vez solo oyeron dos nombres, Mateo y Francoise.
Se miraron a los ojos, esta vez los dos sintieron verdadero terror.

-Dios, que le habrá pasado -Dijo Mateo.
Francoise, descendía el primero, estaba muy nervioso, y bajaba demasiado deprisa.
Mateo le inquirió -Frank, para un poco, estas bajando a lo loco, y eso te puede costar...
No pudo terminar la frase, al ver como bajo sus pies Frank que levanto la cabeza para mirarlo, perdía el apoyo de el pie izquierdo, y se precipitaba al vació.

Mateo comenzó a respirar azorado, presa del pánico, cuando unos minutos después comenzó a tranquilizarse. Pensó en como era posible, unas horas antes se divertía con sus amigos y ahora estaban muertos.
Se quedo absorto mirando los copos de nieve que pasaban a pocos centímetros de sus ojos.

El sonido del viento no le impidió escuchar claramente su nombre, la voz no procedía de ningún lugar, estaba dentro de su cabeza.

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