sábado, 20 de febrero de 2010

relato de CF/Fantasía. LA CIUDAD

Éste es el relato aparecido en el número 1 de Cosmocápsula, Revista Colombiana de Ciencia Ficción:

LA CIUDAD

Me senté al borde de la mañana, y me dispuse a esperar. Al cabo de unos cuantos fotones que alegraron el estío de mi piel, apareció bajo el incierto horizonte la Inmensa Ciudad de las Latitudes. Venía fluctuando sobre campos de probabilidades. La Ciudad añoraba la mañana de las verdades, sus costas de marfil, sus cielos de jade, sus melancólicos sueños plagados de juegos tardíos; por eso se acercaba hacia donde yo me encontraba, al filo entre la mañana y algo más. Ese algo más dispersaba a los doce vientos los trabajos realizados durante la lenta espera de la Eternidad, para que en su azarado viaje dieran noticia de nuestra realidad.

El sol calentaba cada vez más mi extinta piel, dejando al descubierto mis tatuajes totémicos, que atraían inexorablemente a las variables que la Ciudad lanzaba a modo de guía mientras seguía en su viaje sin descanso por todas las realidades aún por inventar.

Mis sistemas le dieron la bienvenida, en cuanto pudieron comunicarse con ella, y me invitó a formar parte de sus habitantes, con la condición de que mis archivos de memoria pasaran a formar parte de su red de información. Por supuesto accedí, pues nunca antes había formado parte de algo, y mi deseo de ser uno más entre la multitud ardía como una orden imperiosa en mi cerebro.

Partimos rumbo a la siguiente mañana olvidada por el tiempo, con mis archivos de memoria guiando los meditados pasos entre campos probabilísticos de la Ciudad. Al abandonar el lugar donde nos habíamos encontrado, la mañana cedió, se apagó. Como si nunca hubiera existido; como si allí nunca hubiera habido nada: la más absoluta, enorme, nada que alguna vez haya existido; y todo ello en el lugar en el que acabábamos de estar. No un agujero negro, no una negrura absoluta, no una falta de... todo eso hubiera sido algo. Y, sin embargo, lo que allí “había” era nada. Es más, ni siquiera podría asegurarse que existiera un “allí”; ni que existiera una realidad donde dar forma a un lugar. Así que tuve que inventarme, en primer lugar, una realidad donde basar todo lo demás; y eso, partiendo de la nada, es en extremo difícil, lo puedo asegurar. Pero perseveré y, finalmente, donde antes había nada, ahora empezaba a haber algo. Claro que fue una mañana reciclada a partir de mis archivos de memoria, de mis escasas sensaciones y, por tanto, de mis escuetas instrucciones. Y, por eso, la pregunta era ahora, ¿valía la pena haber empezado a crear, visto el resultado obtenido...?. Porque ahora la nueva mañana nos envolvía como una miasma difícil de definir, como una tiniebla que atenaza nuestros sentidos y ciega nuestros instintos; por eso emprendimos la huída, como almas que sufren sometiéndose a estos desvaríos que definen esta realidad.

Una vez fuera de tamaña aberración, archivo corrupto de un recuerdo nunca bien establecido, nuestras consciencias volvieron a tomar el mando, y una retahíla de acontecimientos invadieron nuestros sentidos, los míos y los de la Ciudad, de la que ahora formo parte, en todos los sentidos. Así, sin nada que probar nuevamente, nuestros sentimientos añoraban la mañana de las verdades, los juegos tardíos en payas de marfil y jade.

Volvimos la mirada hacia un futuro amanecer, mientras la memoria racial de toda una ciudad pugnaba por hacerse un hueco en nuestro ser. Y en ese buscar, vimos, sobre nuestras cabezas, un cielo que nadie ha entendido jamás; estrellas en uso decadente, apiladas sobre unos gruesos trazos de tinta negra, que simulaban un firmamento jamás hollado por la materia. Porque en ese momento, nuestros pensamientos ya no nos pertenecían, acababa de caducar la era de las percepciones. Un sol puede que nos alumbrara todavía, pero tras una dura jornada sin anhelos, declinó volver a realizar tan ardua labor. La Entropía, en todas sus formas y colores, nos rodeaba, latidos del caos cabalgando sobre inopinadas ondas de materia fluctuante, que realmente es todo lo que somos/seremos. Y el cielo nos es desconocido de nuevo, porque nuestro intelecto ha dejado, por fin, de alumbrarnos el camino.

La Ciudad transita por la espera agobiada de una fría realidad recién creada, mientras sus futuros habitantes descubren nuevos barrios, callejones que cambian y se metamorfosean continuamente; tribus urbanas desaparecen mientras la evolución se torna iracunda y en el espacio, mientras, las estrellas forcejean con su destino.

Aparente brillo, fugaz frialdad que nos roba los escasos pensamientos, que huyen de nuestro cerebro tan deprisa como la luz de esas estrellas que han muerto en estricta decadencia.

Y ese Cielo antaño buscado, anhelado incluso, se colapsó sobre nuestro intelecto, y los barrios, por tanto, nunca son descubiertos; por eso, la Ciudad de las Latitudes desaparece en un futuro apenas soñado.

Es, por tanto, el fin de todo.

Y yo, muero momentáneamente con ella.

Pero como los trabajos realizados durante la Eternidad habían sido propagados a los doce vientos de la realidad, nuestra muerte pronto fue noticia en todos los lugares a donde llegaron.

Y, con la recopilación de esos trabajos, pronto se fundó una nueva Ciudad de las Latitudes. Una ciudad nueva, sobre la base de la antigua. Con retazos de esperanzas, trozos de anhelos, porcentajes de probabilidades, variaciones aleatorias sobre un mismo tema, y combinaciones de elementos nuevos y antiguos se (re)construyó la Ciudad.

Y pronto, en la renacida Ciudad, se pudo leer en publianuncios de neón -nuevas estrellas decadentes guiando los sentidos hacia firmamentos jamás hollados -:

“… la actualidad desborda en inquietantes espirales de decimonónica controversia.

Un pie de página convoca a la multitud de letras que le siguen a una injusta manifestación en contra de los derechos de los alienados.

Una esquela sobrevuela el mundo libre de los sacrificadores de paz; a su vez, un anuncio por palabras deletrea su nombre bajo los efectos de un anestésico artificial.

Endebles volutas de insinceridad corean a gritos el resultado de una pelea entre tribus urbanas.

Una columna de opinión dispara su arma cargada de volutas indefinidas a través del espeso aire de una tertulia de café y copa.”

"En fin, esto es lo que ha pasado, y así nos lo han contado"- susurra un atónito espectador de la diaria aflicción de las masas, habitante anónimo de la Ciudad, compañero dentro de sus laberínticos callejones.

Y llegados a la última holopantalla del cielo virtual, desviamos nuestra mirada, y comenzamos nuestra nueva vida, día a día...

La Ciudad sigue avanzando, eternamente, sobre campos de probabilidades aleatorias, eternas variables que definen su camino.



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