miércoles, 23 de marzo de 2011

EXTRACTO DE LA NOVELA DAMINSKY/ARNAU

Un capítulo suelto, que escribí ayer. Como le he dicho a C. Daminsky, éste lo tenemos de "comodín", para acoplarlo donde mejor convenga, e incluso con los personajes que en ese momento mejor se adecúen.

El suelo estaba sembrado de escombros; trozos de metal, herrumbrosos unos, todavía brillantes otros, erizaban la superficie por la que transitaban, como un pérfido césped que entorpecía su camino a cada paso.

Parduzcas manchas que formaban repulsivos charcos moteaban la zona por la que pasaban. Ninguno quiso ni pensar siquiera de qué extraña mezcolanza estarían conformados esos charcos. Curiosamente, muy pocos miembros orgánicos se entremezclaban con los restos metálicos; y eso daba cuenta de que crueles alimañas merodeaban por la zona, pues la fuerza requerida para separar las partes biológicas de las cibernéticas debía de ser descomunal.

Así, con todos sus sentidos puestos en lo que les rodeaba, siguieron su camino sembrado de destrucción. Un poco más adelante, vislumbraron altas chimeneas que no paraban de ensuciar el ya negro cielo que cubría sus cabezas, y fosos de ardiente alquitrán y otros materiales, que parecían arder eternamente, iban surgiendo a los lados del camino. Incluso alguno bloqueaba dicho camino, obligándoles a dar arriesgados rodeos, conforme se acercaban al lugar donde se divisaban las chimeneas.

Mucho antes de llegar, sus sistemas autónomos de vigilancia detectaron que estaban siendo observados. En esas condiciones, y con el sistema de camuflaje que parecían emplear los acechadores, era prácticamente imposible saber qué o cuantos eran; la señal que recibían podía ser de varios cuerpos grandes, o de muchos más de tamaño menor. Y, por supuesto, ninguna referencia a si se trataba de humanoides o alimañas. Pero si estaban vigilándoles, y no se habían mostrado todavía, era lógico pensar que se estaban preparando para un ataque.

Ante semejante perspectiva, y dada la lejanía hasta el lugar donde las chimeneas lanzaban sus emanaciones a la atmósfera, el curso de acción a tomar estaba claro: debían defenderse, y a ello se aprestaron.

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